Los Dorios según Indro Montanelli

Indro Montanelli, (1909-2001) fue un grandísimo periodista y escritor italiano.  Aunque su obra más conocida y reconocida es la primera, materializada en sus artículos de opinión, escribió más de sesenta libros. El más leído fué, posiblemente Historia de Roma. No tan reconocida pero en mi opinión muy buena y amena es su Historia de los Griegos. (si hacéis click en los nombres de los libros se descargarán a muy buen precio😉 ). Extraigo lo que dice de los Dorios en la segunda de las obras, queda largo, pero es muy jugoso:

“Esto que la leyenda llama «el retorno de los heráclidas», en lenguaje histórico se llama «invasión doria», y aconteció hacia el año 1100 antes de Jesucristo.  Sin duda fueron los mismos dorios, si no los que elaboraron de raíz esta leyenda, los que se la apropiaron. Deparaba un pretexto para el abuso y un blasón al señorío de los nuevos amos, haciéndoles pasar por acreedores en vez de ladrones.

Como de costumbre, no se sabe con precisión quiénes eran los dorios. Pero no hay duda de que procedían de la Europa central, porque llevaron a Grecia el don más precioso de aquella civilización que los etnólogos llaman «de Hallstatt», por el nombre de la ciudad austríaca donde se han descubierto las primeras huellas: el hierro.

También los aqueos habían conocido el hierro, pero no lo habían labrado jamás, limitándose a importarlo del Norte, manufacturado. Los dorios eran mucho más toscos y bárbaros que ellos; pero poseían hierro en gran cantidad; lo extrajeron hasta de las laderas de las montañas epirotas y macedonias a medida que avanzaban hacia el Sur en su marcha de conquista, y con él se proveyeron de armas contra las cuales las piedras y las mazas de los aqueos podían bien poco.

Eran altos, de cráneo redondo y ojos azules, de un valor y una ignorancia a toda prueba. Se trataba, ciertamente, de una raza nórdica.

Cayeron a manadas, establecieron su primera fortaleza en Corinto, que dominaba e¡ istmo, y pronto sometieron toda Grecia menos el Ática, donde los atenienses lograron resistir y rechazarlos. A diferencia de los aqueos, no eran solamente terrestres y no se limitaron al continente. Desembarcaron en las islas, y en Creta destruyeron los últimos restos de la civilización minoica.

Casi siempre, los conquistadores se cansan pronto de hacer de amos y, tras de un arrebato de prepotencia, suelen acabar como hicieron los aqueos: llegando a un compromiso con la población local, con la que se mezclan y de la que aceptan del todo o en parte las costumbres. Pero los dorios tenían una fea enfermedad: el racismo.

Y hasta en esto se confirma que se trataba de nórdicos, que el racismo lo llevaron siempre y siguen llevándolo en la sangre: todos, hasta los que de palabra lo niegan. Por bien que fuesen mucho menos numerosos que los indígenas, o acaso precisamente por ello, defendieron su integridad biológica, a menudo con auténtico heroísmo como en Esparta. La civilización griega, lejos de seducirles, en el primer momento les espantó. Aceptaron la lengua, mucho más evolucionada que la suya y rica ya de una literatura, aunque sólo fuese oral. Se adueñaron de la leyenda de los heráclidas, porque les era útil. Pero la paridad de derechos y los matrimonios mixtos los excluyeron aún mucho tiempo, y esto es lo que explica el caos que provocaron.

Hesíodo, que seguramente no era dorio y escribió algún tiempo después, llamó a ésta «la edad del hierro», y no sólo porque el hierro era por primera vez ampliamente usado, sino porque la vida se había vuelto dura y difícil. La inseguridad en el campo lo había despoblado. Todos llevaban armas para defenderse y atacar. El desarrollo artístico y cultural se había detenido porque, a diferencia de los aqueos, todos muertos o fugitivos, los nuevos señores no tenían sombra de mecenazgo.

Como hemos dicho, el rasgo fundamental y permanente de los griegos fue el particularismo, que halló su expresión en las polis, es decir, en las «ciudades-estado», que no lograron jamás fusionarse en una nación. Lo que sobre todo lo impidió fue, más que la diversidad racial de los varios pueblos que se sobrepusieron unos a otros, su escasa permeabilidad.  Me explicaré. Todas las nacionalidades son compuestas. El último en creer que las hay puras, y en fundar encima una doctrina y, lo que es peor, una política, fue Hitler. Y acabó como ha acabado. De hecho, la misma Alemania es una mezcolanza de germano y de eslavo, como una mezcolanza de céltico, de normando y de sajón es  Inglaterra, como de céltico, de germánico y de latino es Francia, por no hablar de Italia, donde hay de todo cabalmente. Quiero decir que en el mundo entero las invasiones que toda nación ha sufrido tarde o temprano, no han impedido la formación, a plazo más o menos largo, de un pueblo, que es precisamente el resultado de una fusión de sus distintos ingredientes étnicos.

Esto no ocurrió en Grecia por culpa de los dorios, que al invadir el país, no digo que destrozaron su unidad puesto que no existía, pero sí impidieron que se formase, permaneciendo apartados, con el sentimiento de una superioridad racial frente a los indígenas con los cuales no quisieron mezclarse. No se sabe exactamente cómo anduvieron las cosas. Pero yo creo que Heródoto, que fue el primero en tratar de ponerlo en claro, tiene sustancialmente razón cuando dice que los dorios se impusieron, reduciéndoles a la esclavitud a los aqueos, los cuales a su vez se habían impuesto, reduciéndoles a esclavitud, a los pelasgos, que por lo tanto, eran los verdaderos autóctonos de Grecia. Ésta resultó así compuesta por tres estados étnicos, o al menos por dos, pues cuando los dorios llegaron, en 1100, los aqueos, que les habían precedido en un par de siglos, se habían mezclado bastante con los pelasgos, o se estaban mezclando con ellos y precisamente por esto los dorios les despreciaban llamándoles «bastardos» como llamaban los alemanes  nazis a los austríacos.

No es por nada que los atenienses decían ser uno de los dos pueblos griegos que quedaron de raza pura, o sea no contaminada por los dorios. El otro era Arcadia, el más inaccesible reducto alpino del Peloponeso, donde efectivamente es probable que los nuevos conquistadores no lograran jamás instalarse. Evidentemente, el racismo dorio provocó, por reacción, otro aqueo-pelasgo, que se llamó jónico, predominó en el Ática y en las islas de la Jonia, y que impelía a los atenienses a proclamarse «generados por la tierra», y a los árcades a sostener que sus padres se habían instalado en Arcadia antes de que en el cielo naciese la luna, a fin de tener un pretexto para tratar a los dorios como intrusos.

En este punto se impone una pregunta. Aquellos griegos litigantes, que no lograron jamás formar políticamente una nación, o sea una comunidad, tuvieron, sin embargo, algo común y nacional: la lengua. Y visto que ésta no pudo nacer de una fusión que no se produjo, ¿cuál de los tres elementos la elaboró y la impuso a los otros? En suma, de las tres razas que poblaban Grecia, ¿cuál era la que hablaba griego? Heródoto, gran buscador de curiosidades, cuenta haber hallado en sus exploraciones por todos los rincones del país, muchas poblaciones y tribus donde se hablaba una lengua incomprensible para él. Seguramente era la pelasga, que subsistió en algunas «bolsas» del interior hurtadas a la soberanía de los conquistadores aqueos primero, y después a la de los dorios.

No se sabe qué lengua pudiera ser, como no se sabe de qué raza eran los pelasgos; pero seguramente era de origen meridional. Se deduce por la palabra que, extinguiéndose poco a poco, dejó a la lengua griega propiamente dicha; thálassa, por ejemplo, que quiere decir «mar». Jenofonte, cuenta que durante la famosa «Anabasis» de los diez mil guerreros griegos de Asia Menor, éstos no hacían más que preguntar a los indígenas que encontraban por la calle: «¿Thálassa…? ¿Thálassa…?» Y los indígenas comprendían, pues precisamente era una palabra de su lengua. Hay muchas más: en general todas las pertenecientes a cosas y hechos del mar. Lo que nos confirma que aqueos y dorios no entendían de mar, acaso porque no lo habían visto antes de llegar a Grecia, y, por lo tanto, no tenían siquiera un vocablo para denominarlo. Por esto adoptaron el de los pelasgos, que con el mar tenían, en cambio, gran confianza, como sugiere su nombre. Por consiguiente, no puede haber duda: el griego fue una lengua importada, y no tiene mucho sentido discutir si la importaron los aqueos o los dorios. Por el simple motivo que, salvo diferencias dialectales, la hablaban unos y otros, por cuanto unos y otros procedían del mismo tronco  indoeuropeo, como los latinos, los celtas y los teutones.

Pero vayamos adelante. El hecho de que los dorios practicasen el racismo, suscitando otro no menos insensato en sus coinquilinos de Grecia, no basta para explicar la segmentación de ésta. Porque ellos no dominaban, en suma, más que el Peloponeso, donde siempre constituyeron una minoría, e igualmente en la misma Esparta, que era su castillo roquero. En las otras regiones, donde dominaba el cruce aqueo-pelasgo, o sea el jónico, algún Estado que fuese algo más que una ciudad con su suburbio podía formarse hasta para mejor resistir a la amenaza doria, y en cambio no se formó. ¿Por qué?

Hay que poner en guardia al lector ante la tentación de interpretar ciertos fenómenos de la Antigüedad según su experiencia moderna. Los antiguos historiadores reclutados por el servicio de propaganda de los dorios seguramente se equivocaban al imaginárselos nietos de los cincuenta hijos de Hércules, que retornaban a su patria de origen a recuperar su posesión en virtud de un pacto debidamente estipulado y suscrito. Pero nosotros no nos equivocaríamos menos atribuyendo a su invasión, que ciertamente fue tal, los métodos y la técnica de la alemana en Checoslovaquia o la rusa en Estonia. Más que verdaderas y propias conquistas, planificadas y programadas, fueron aluviones de tribus escasamente coaligadas entre sí. Y si, el «grueso» se acuarteló en el Peloponeso, otros grupos dispersos se diseminaron un poco por todas partes, y en todas partes crearon confusión e inseguridad.

¿Qué sucedió? Sucedió que en toda Grecia los campesinos, no pudiendo defenderse solos en sus aislados caseríos, los abandonaron y comenzaron a agruparse en las cimas de ciertas colinas, donde, juntos y con la ayuda de la naturaleza, podían resistir mejor. Estas cimas se llamaron acrópolis, que literalmente quiere decir «ciudad alta».  Fortificadas, se convirtieron en el primer núcleo de la ciudad, que fue, como se ve, antes que nada un expediente estratégico.

Rómulo y Remo no habían nacido, y los emigrantes griegos que se habían ido a fundar Nápoles, Reggio, Síbari, Crotona, Niza y Bengasi, no habían encontrado en los parajes más que tribus bárbaras y desunidas, incapaces, no digo ya de atacar, sino siquiera de defenderse. Al Norte, la península balcánica era tierra de nadie. Tras la invasión de los aqueos y la de los dorios, desde sus selvas y montañas no se había ya asomado ningún enemigo sobre Grecia.

En aquel vacío, la polis pudo tranquilamente entregarse a su vocación particularista y secesionista, sin ninguna preocupación de unidad nacional. Es bajo la amenaza del exterior cuando los pueblos se unen. Y por eso los dictadores modernos la inventan cuando no existen. Reyertas y pequeñas guerras se desarrollaban entre poleis, es decir, en familia, y, por consiguiente, en vez de unirla, contribuían a dividirla cada vez más.
He aquí, pues, el cuadro que nos presenta Grecia, políticamente, ahora que comienza su verdadera historia; una vía láctea de pequeños Estados diseminados a lo largo de todo el arco del Mediterráneo oriental y del occidental, cada uno de ellos ocupado en elaborar dentro de las murallas ciudadanas una propia experiencia política y una cultura autóctona. Intentemos recoger los primeros frutos en sus personajes más representativos.

Esparta quiere decir «la esparcida», y hoy tendrá más o menos cinco mil habitantes. Fue llamada así porque fue el resultado de la fusión de cinco poblados que entre todos contarían unos cincuenta mil habitantes.  Esta fusión no fue espontánea. La impusieron a la fuerza los conquistadores dorios, cuando bajaron del Norte en seguimiento de sus reyes heráclidas. Éstos dominaban desde las montañas circundantes el Peloponeso, e iniciaron su conquista atacando Mesene.

Pausanias cuenta que el rey de la ciudad, Aristodemo, corrió a Delfos para consultar al oráculo sobre la manera de salir de aquel apuro. Apolo le sugirió que sacrificara su hija a los dioses. Aristodemo, que seguramente tenía en sus venas un poco de sangre napolitana, dijo que sí, pero en el último momento, a escondidas, puso en lugar de su hija a otra muchacha, esperando que los dioses no lo notarían. Luego fue a la guerra y quedó derrotado. Cincuenta años después, su sucesor Aristómenes se rebeló contra el yugo. Perdió vida y trono y sus súbditos la libertad. Éstos fueron equiparados a los indígenas de Esparta, que se llamaban «ilotas», y que a su vez estaban equiparados a los esclavos, los cuales debían entregar, gratis, a los ciudadanos la mitad de sus rentas y cosechas.

Sobre esa masa de desheredados, que entre la ciudad y el campo sumaban cerca de trescientas mil almas, incluyeron los «periecos», que eran los ciudadanos libres pero privados de derechos políticos, sobrenadaba la minoría guerrera de los treinta mil conquistadores dorios, únicos que gozaban de los derechos de ciudadanía y que ejercitaban los políticos. Era natural que éstos hicieran por manera de cortar el paso a las ideas progresistas de justicia social para no perder sus privilegios patronales. Las montañas que circundaban el valle les ayudaron, al dificultar los contactos con las otras ciudades, y especialmente donde la democracia triunfaba. Licurgo añadió a aquellas ideas un conjunto de leyes que petrificaban la sociedad en sus dos estratos de siervos y amos.

Las represiones no son nunca un signo de fuerza, sino de debilidad. Y como a tales fueron interpretadas las de Atenas por Esparta que, encerrada en sus montañas, no se había convertido en una gran ciudad cosmopolita, no tenía literatura, no tenía salones, no tenía Universidad, pero en compensación tenía muchos cuarteles donde había seguido instruyendo soldados con la disciplina y la mentalidad de los kamikaze, como en los tiempos de Licurgo. Un poco por su posición geográfica en el interior del Peloponeso, un poco por la composición racial de sus ciudadanos, todos de tronco dorio y por ende guerrero, que jamás se habían fusionado con los indígenas, que permanecían en la condición de siervos y apartados de toda participación, hacían de ella la ciudadela del conservadurismo aristocrático y rural. Sus hombres políticos no tenían la brillantez de los atenienses; pero poseían el cálculo paciente de los campesinos y el sentido realista de las situaciones. Cuando fueron solicitados por los emisarios de los Estados vasallos de Atenas y de los que temían serlo, para encabezar una guerra de liberación de la poderosa rival, oficialmente declinaron, pero bajo mano se dedicaron a urdir la trama de una coalición.

Esparta consideró que el adherirse a ella equivaldría a reconocer la supremacía ateniense y declinó. Fue como si hoy América convocase una conferencia mundial y Rusia rehusase o viceversa. Su ejemplo animó a otros muchos Estados, que la imitaron. Y aquel fiasco fue otro paso adelante hacia un conflicto del cual estaban ya puestas las premisas. Se trataba de saber quién, entre Atenas y Esparta, poseía la fuerza de unificar a Grecia. Atenas era un pueblo jonjeo y mediterránea era la democracia, la burguesía, el comercio, la industria, el arte y la cultura. Esparta era una aristocracia dórica y septentrional, agraria, conservadora, totalitaria y tosca. A estos motivos de guerra Tucídidices añadió otro: el aburrimiento que la paz, que ya había durado demasiado, inspiraba especialmente a las nuevas generaciones inexpertas y turbulentas. Y tampoco esta tesis suya hay que echarla en saco roto.

Como buenos germánicos, los dorios de Siracusa sentían tanta pasión por la sangre como por el arte y tenían igualmente fácil la horca y el «sentimiento». “

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