Antigua Cauno

Cauno (licio Khbide; latín Caunus; griego Kaunos) fue mencionada por Heródoto que consideraba que los caunios eran población autóctona, pero matizaba que ellos mismos decían que eran descendientes de los cretenses; vestían diferentes de los carios y de otros pueblos y hablaban una lengua diferenciada aunque parecida al cario.

Según la mitología fue fundada por Kaunos, hijo de Miletos and Kyane, a los pies del monte Tarbelos. Su acropolis se llamaba Imbros.  Era exportadora, especialmente en tiempos de la denominación romana, de unos higos especialmente apreciados. La pesca también era fuente de una importante fuente de ingresos (salazón) y de proteínas para sus habitantes.

Cauno fue un enclave fronterizo entre Licia y Caria, tiene algo de ambos y en determinadas épocas se decantó por una y en otras por otra. Heródoto afirmó que no era ni Caria ni Licia. Aunque el idioma fuera parecido al cario, las tumbas son típicamente licias.

Los caunios resistieron al general persa Harpago igual que sus vecinos licios (siglo VI a. C.); sometidos a Persia se unieron a la revuelta jónica en 499 a. C. Tucídides habla de la expedición de Pericles y de la batalla naval de Tragia (440 a. C.) y menciona a Cauno como una ciudad separada de Caria.

A partir de la llegada de Alejandro Magno se produjo la helenización de Cauno y antes del siglo I a.C. estaban completamente instauradas las instituciones y la cultura griegas.

Después de la muerte de Alejandro, se la disputaron sus generales y estuvo en la órbita del  Imperio seléucida , acabando en manos de Ptolomeo I Sóter (309 a. C.).  Rodas la compró a los generales de Ptolomeo por 200 talentos; los rodios aseguraron que habían recibido Estratonicea, otra ciudad de Caria, como donación de Antíoco I Sóter.

También estuvo integrada en la zona costera dominada por Rodas, la Peraea Rhodiorum o Perea Ródica.

Los romanos obligaron a los rodios a  retirarse de Cauno y Estratonicea (190 a. C.), pero más tarde  volvieron a los dos lugares cuando Roma cedió Caria (167 a. C.) a Rodas. En cualquier caso Cauno mantuvo casi siempre un amplio grado de autonomía.

Desde los comienzos del imperio  seléucida hasta al menos el 203 a.C., Cauno perteneció a la liga Crisoriana, una laxa confederación de ciudades unidas para la defensa mutua y el comercio. La asamblea de la Liga se reunía en Crisoria en el Templo de Zeus Crisorio.

En 88 a. C. los caunios participaron en la matanza de romanos instigada por Mitrídates VI Eupator del Ponto y en castigo, Roma incorporó Cauno al dominio directo de Rodas. Los caunios se rebelaron (hacia el 81 a. C.), pero sin éxito porque en 59 a. C. se sabe que estaban bajo dominio rodio. Más tarde pidieron ser separados de Rodas y estar directamente sujetos a Roma, y aunque al principio no se le concedió, parece que más tarde fueron hechos ciudad libre, tal como lo menciona Estrabón.

Cauno fue cristianizada tempranamente, y se tiene noticias de obispos en la zona desde el siglo IV. Hay un obispado de Cauno, sede que permanece vacante desde la muerte del último titular.

La acrópolis está situada en una colina de 150 metros de altura.  En la base de la colina hay un teatro bien conservado y unos amplios baños romanos, con las instalaciones para calentar el agua intactas y un edificio que se piensa era una biblioteca. Hay una iglesia bizantina en las proximidades.

Cerca del antiguo puerto se han descubierto un templo, un ágora y una estructura fascinante cuya utilidad no está clara todavía. Se trata de dos piscinas circulares concéntricas, con una plataforma circular en el centro, rodeado el conjunto de muros bajos y columnas. En las columnas hay marcas que sugieren que se podían utilizar para poner unas cortinas alrededor de las piscinas. Cerca había un jardín cercado que también se mantenía parcialmente fuera del alcance de la vista del público. Quizás fuera una estructura puramente ornamental, con una fuente en el centro, pero eso no explica los escalones para descender dentro de las piscinas y porqué se mantenía oculta. Los arqueólogos turcos sugieren que se usaba como piscina para bañarse y que la plataforma central era para sentarse.

La existencia de una piscina exterior tan lujosa con la arboleda anexa en un sitio prominente cerca del puerto y del centro de la ciudad nos hace pensar sobre el estilo de vida que disfrutaban (algunos) de los habitantes de Cauno.

Mapa de las ruinas de la antigua Cauno

Pero no todo debía ser belleza y placer, la enfermedad era parte de la vida de Cauno, como reflejan los testimonios de escritores griegos y romanos.  Stratonico (siglo IV a.C.), reputado por su lengua viperina, visitó Cauno e hizo comentarios acerca de la cara verdosa de la población local.  Los caunios le reprocharon la falta de cortesía que significara que tachara de insalubre a su ciudad, a lo que Stratonico contestó que el no quería decir tal cosa, por el contrario “como voy a osar llamar insalubre a una ciudad donde incluso los muertos andan por las calles”.

Estrabón (63 a.C. – 21 D.c.) señaló que aunque la ciudad y su territorio eran ricos, era muy insalubre por el calor y la abundancia de fruta. El abuso de la fruta se pensaba entonces dañino para la salud, creencia que persistió en Europa hasta el siglo XVII. Dión Crisóstomo (40-115 D.c.) el filófofo vagabundo fue especialmente caústico con los caunios: ” Su infortunio procede de lo estúpidos y bribones que son,  si la fiebre los exterminara a todos, esto es justo lo que se merecen”.

No es muy difícil deducir de estos comentarios y del entorno pantanoso de la zona que la malaria era el azote de la ciudad. El área es ideal para que proliferen los mosquitos, y en la antigüedad más aún.  El mosquito Anofeles, transmisor de la malaria campo por sus respetos en la zona hasta que la zona se saneó en 1948. Todavía hay mosquitos, pero no son especies transmisoras de la malaria.

La subida a la acrópolis no es recomendable para cardiópatas o asmáticos, ya que, aunque no es muy lejos, es muy empinada, lo que era perfecto para una acrópolis. La mayoría de los muros y la torre son de origen medieval, pero en la cima las ruinas del fuerte son de mampostería antigua.

El esfuerzo se ve compensado tanto por la vista sobre el río y el mar como por las piedras antiguas. En la antigüedad es probable que el mar llegara hasta la misma base de la colina de la acrópolis.El antiguo puerto ahora una pequeña laguna llamada Suluklu Gölu (laguna de las sanguijuelas ) estaba comunicado directamente con el mar o bien a través de un canal.

Muchos puertos de la antigüedad, época en la que no se precisaban grandes calados, estaban situados en las desembocaduras de un río, a veces un trecho río arriba. Por ello muchos fueron cegados por los sedimentos del río. Lo mismo le pasó a Efeso y a Mileto . El puerto de esta última, por ejemplo, fue cegado por el río Meandro que dio nombre, por la forma de su curso,  a una curva pronunciada en la trayectoria de un río.

El antiguo puerto de Cauno desde las ruinas

Desde la colina de la ciudadela podremos ver una amplia zona pantanosa de cañizales surcados por canales que ahora cubre lo que antes era el mar. Se descubrió una inscripción datada en el siglo I en la que  se anuncia una exención de tasas. Posiblemente un esfuerzo para fomentar el tránsito de barcos en el puerto, seguramente necesarias al empeorar el acceso por la falta de calado. La ciudad declinó a partir del siglo II.

El exterior de las tumbas es impresionante, pareciendo la fachada de un templo, pero al entrar hay una pequeña cámara con bancadas en las que yacían los muertos. La más grande está inacabada, lo que permite entender como se construían. La fachada, el frontispicio y el friso están completos, pero las columnas están sólo groseramente esbozadas y la cámara no está construida.

A pesar de ser una próspera ciudad (Plinio menciona el pescado en salazón y los esclavos como sus principales exportaciones)  no era conocida fuera de Asia Menor.  La ciudad no produjo grandes artistas ni escritores (con la sola excepción del pintor Protógenes)  La única fama que tuvo fue la de insalubre. Parecería que la riqueza fue empleada en dilapidarla en una vida sibarita en lugar de ejercer el mecenazgo del arte.

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